¿Quién no se ha mirado alguna vez al espejo tratando de perdonarse la sumisión o no haber dicho lo que en verdad pensaba? ¿Quién no ha sentido la lucha interior entre la indignación por el agravio y el miedo a enfrentarlo? Cada vez que agachamos la cabeza, nos sometemos, o accedemos a peticiones irracionales, damos un duro golpe a la autoestima: nos flagelamos. Y aunque logremos disminuir...




























