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Convencido de que el trauma no se puede traducir y de que la escritura y la traducción son –en alguna medida– lo mismo, Ezequiel Zaidenwerg ensaya en este, su primer lance narrativo, una crónica astillada en la que se sumerge para hacerse cargo de las luces y las sombras de esa institución a veces nutricia, a veces nefasta, que es la familia.
Como si el objetivo de estas investigaciones...








